Medios de comunicación Marco Antonio Chile
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La legitimización de los medios de comunicación

Los medios de comunicación, como el rey Midas, hacen relucir todo lo que tocan.

Viví en Quito hace unos años atrás y tuve la oportunidad de conocer en persona a una reconocida periodista radial de la ciudad. Durante el evento en el cual coincidimos compartimos experiencias, y en mi mente quedó una de las anécdotas compartidas por esta profesional de la locución ecuatoriana.

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Los medios de comunicación por su parte, sí legitiman, porque el público cree en lo que oye y ve a través de ellos.

El suceso se registró en el año 1997, cuando la entonces ministra de educación del Ecuador, Sandra Correa, se enfrentaba a un juicio político pendiente por haber plagiado nada menos que su tesis doctoral. Como si se tratase de algún tipo de “búsqueda de misericordia” del pueblo ecuatoriano hacia ella, decidió tomar un avión y —previo despliegue publicitario—, viajó a Calcuta para hacerse bendecir por la moribunda Madre Teresa. Fue una estrategia demasiado burda, sin más ni menos. Pero es uno de los tantos episodios risibles que ha vivido la política del Ecuador.

Esta experiencia nos lleva a la pregunta: ¿Qué significa legitimar? Podemos describirlo como la garantía acerca de la autenticidad de algo o de alguien y su conformidad con la ley. El hijo legítimo es el reconocido como tal por sus padres. Quien legitima a otro, le agrega valor, le concede importancia.

Tradicionalmente, algunas instituciones legitimaban a las personas: la escuela, la universidad, la iglesia, el ejército, el Estado… (y el poderoso caballero, don Dinero no se quedaba atrás). Si tenías un diploma o un cargo público, ascendías socialmente. El problema era que los estudios o los rangos no se notan en la cara. Uno se puede preguntar, ¿de qué sirven, entonces? Para eso se inventaron los uniformes, las sotanas y la parafernalia de las autoridades: para que todos se den cuenta de la categoría social de fulano y mengana, legitimados por la tal institución (o por los tantos billetes).

El asunto, como se ha podido ver hasta la presente fecha, es que estas instituciones legitimadoras han perdido ellas mismas legitimidad, especialmente las políticas y sociales. Y difícilmente puede acreditar a terceros quien no tiene crédito propio.

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Los medios de comunicación, como el rey Midas, hacen relucir todo lo que tocan.

Los medios de comunicación por su parte, sí legitiman, porque el público cree en lo que oye y ve a través de ellos. La gente confía, tiene fe en las palabras e imágenes que presentan. Los medios avalan hechos, situaciones, opiniones y personas. Aparecer en radio o en televisión te reviste con un uniforme más llamativo que el de cardenales, coroneles y doctorados Honoris Causa, te da más apariencia que la mansión del asambleísta o la limusina del embajador. Porque la pantalla y el micrófono te hacen visible y audible ante miles, ante millones de personas. Más ancho y ajeno es el mundo, más prestigio te brindan los medios. Un honor del cual todavía no puede hacerse de forma total la gran autopista de la Internet, especialmente porque muchas de sus informaciones carecen de investigación y fuentes que avalen sus contenidos.

Hace unos años, en el suroeste dominicano, la iglesia católica se había encargado de perseguir el vudú criollo, los populares palos del Espíritu Santo. Para proteger a la población contra la práctica considerada una herejía, algunos curas hasta decomisaron los tambores con que los líderes religiosos hacían sus ritos. En Radio Enriquillo contaban con una flamante unidad móvil y a los periodistas del medio, se les ocurrió ir a cubrir una de aquellas veladas nocturnas, medio clandestinas, donde los antiguos dioses africanos se montan sobre los devotos al ritmo trepidante de los atabales.

Desde la loma del Granado, los comunicadores transmitieron la ceremonia de Dermirio Medina, el guía religioso de la comunidad. Al día siguiente, muy de mañana, los papelitos y las visitas de decenas de grupos de paleros, solicitaban la presencia de la unidad móvil para acompañar sus veladas. Todos querían aparecer en la emisora. Y no lo hacían por figureo, sino como reivindicación social. La iglesia romana los había censurado y descalificado. Pero la radio los valoraba.

            —La móvil está en otro lado— se excusó el director de la emisora. —No podemos transmitir la velada de Vicente Noble.           

—No importa— insistían los paleros—, pero vengan. Que la gente vea que aquí están los de la radio.

Sonando o muda, la presencia de la emisora los legitimaba. La camioneta de la radio quedaba ahí, frente al bohío ceremonial. Y comenzaban a repiquetear los tambores de la fiesta.

            —Ya somos famosos— decía una cofrada—. ¡Hasta el Varón del Cementerio habrá escuchado!

La palabra es sugerente: fama viene de una raíz griega que significa brillar. Los medios de comunicación, como el rey Midas, hacen relucir todo lo que tocan.

Por tal razón demos a nuestros medios de comunicación el valor que necesitan, porque su brillo nunca será apagado.

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